Desde el mismo momento en que Javier Milei asumió la Presidencia, una parte importante de la oposición eligió una estrategia tan cómoda como estéril: especular con un final anticipado de su gobierno, cosa que no solo sería un fracaso para Milei , sino también para todo el sistema democrático, los gobiernos deben terminar sus mandato.

Dicho esto, No fue un murmullo marginal ni una exageración de redes sociales. Fue un clima político instalado. Se habló de que “no llegaba a marzo”, de que el ajuste “era inviable”, de que “la calle iba a explotar”, de que el programa económico “terminaba inevitablemente en una crisis social”.
Dirigentes de peso, referentes parlamentarios, exfuncionarios y voces influyentes del peronismo y de los partidos tradicionales coincidían —con distintos matices— en un mismo diagnóstico: Milei iba a fracasar rápido. Algunos lo expresaban con solemnidad técnica, otros con ironía, otros directamente con burla. Hubo chistes sobre helicópteros simbólicos, cuentas regresivas televisivas y pronósticos apocalípticos que se repetían semana tras semana.
Nada de eso ocurrió.
Pero decir que Milei no cayó no implica afirmar que a Milei le vaya bien. La realidad social y económica muestra un cuadro mucho más complejo y, en muchos aspectos, crítico. La inflación desaceleró, pero a costa de una fuerte caída del consumo. Los salarios reales siguen corriendo detrás de los precios. Las jubilaciones perdieron poder adquisitivo. El empleo se volvió más precario y la economía cotidiana se reorganizó en clave de supervivencia.
Hoy, una mayoría de los argentinos —y de los riojanos en particular— percibe que desde que Milei asumió su situación económica personal empeoró. No necesariamente porque no tenga trabajo, sino porque debe trabajar más para sostener el mismo nivel de vida, recortar gastos, priorizar consumos básicos y resignar calidad de vida. Comer afuera, cambiar el auto, arreglar la casa o incluso proyectar vacaciones volvió a ser un lujo para amplios sectores medios y populares.
Este dato es central: no hay un bienestar generalizado, hay aguante social. Hay resignación, adaptación y expectativa. Milei no se sostiene porque todo funcione, sino porque una parte de la sociedad cree —o espera— que el sacrificio tenga algún sentido futuro.
Sin embargo, mientras esa tensión social crece, la oposición sigue sin capitalizarla políticamente. Durante meses, el peronismo pareció más interesado en discutir cuándo se caía Milei que en pensar qué hacer si no se caía. Se apostó a que los números “no cerrarían”, a que el deterioro social produciría automáticamente un rechazo político. Pero la política no funciona en automático. El malestar, si no tiene conducción, se dispersa.
La resistencia como único programa mostró rápidamente sus límites. El “freno a Milei” fue durante un tiempo una consigna eficaz para ordenar broncas, pero hoy parece haberse quedado —irónicamente— sin pastillas de freno. No alcanza con oponerse. No alcanza con denunciar. No alcanza con señalar que “la gente está peor”, cuando no se ofrece un horizonte distinto.
Uno de los principales problemas del peronismo y de los partidos tradicionales es su falta de organización y conducción. Las internas permanentes, las disputas de poder, los liderazgos desgastados y la ausencia de una voz clara impiden construir una alternativa creíble. Mientras Milei gobierna con un esquema hiperpersonalista, la oposición aparece fragmentada, defensiva y mirando más hacia adentro que hacia la sociedad.
A todo esto se suma una materia pendiente que atraviesa no solo al peronismo, sino también a los partidos tradicionales en general: la dificultad para comprender el cambio social profundo y la incorporación plena de la tecnología en la política. Las redes sociales, las nuevas formas de consumo de información, la comunicación directa, emocional y fragmentada, y la pérdida de centralidad de los intermediarios clásicos modificaron de raíz el escenario político. Milei entendió —con aciertos y excesos— que hoy la disputa no se da solo en el territorio o en los medios tradicionales, sino en el ecosistema digital, donde se construyen identidades, broncas y pertenencias. No es un fenómeno exclusivamente argentino ni provincial: es una transformación global. Seguir comunicando con lógicas del siglo pasado, ignorando estas dinámicas, es condenarse a hablarle a un público cada vez más reducido.
Tampoco ayuda la dificultad para construir una alternativa discursiva. Se sigue hablando, muchas veces, desde la nostalgia: los años donde “se vivía mejor”, los salarios que alcanzaban, el consumo como identidad. Pero el pasado no es un programa y la melancolía no enamora. La política exige lectura hacia adelante, no solo memoria selectiva.
A esto se suma otro obstáculo conocido: los mismos nombres de siempre proponiendo cambios que ya se prometieron una y otra vez, sin resultados estructurales. La sociedad no solo vota ideas, también vota trayectorias. Y ahí el peronismo todavía no salda su propia autocrítica. ¿Alcanza hoy solo con los peronistas para construir una mayoría? Todo indica que no.
En este escenario, la vocación frentista vuelve a ser más necesaria que nunca. No como un amontonamiento electoral defensivo, sino como la construcción de una propuesta superadora. Los opositores a Milei —peronistas, progresistas, desarrollistas, sectores del radicalismo, fuerzas provinciales— necesitan ponerse de acuerdo en una agenda común que vuelva a hablar de futuro.
Empleo genuino, seguridad cotidiana, jubilaciones sostenibles, estabilidad del dólar, desarrollo productivo, educación y ciencia no pueden seguir siendo consignas vacías ni respuestas automáticas. Deben ser tomadas en serio, con diagnósticos honestos y propuestas viables, aun cuando eso implique revisar dogmas propios.
Si a Milei le sigue alcanzando, no es porque todo marche bien, sino porque del otro lado todavía no aparece algo mejor organizado, más creíble y con vocación de poder real. El cambio de método, la construcción de nuevos liderazgos, una profunda autocrítica y una renovación verdadera —no cosmética— deberían ser el puntapié inicial para salir del estado de negación.
Porque el verdadero riesgo para el peronismo no es que Milei complete su mandato.
El verdadero riesgo es que, aun con una sociedad cansada y ajustada, la oposición no logre ofrecer una alternativa cuando la pregunta vuelva a plantearse:
¿Y ustedes, qué proponen ahora?
Lic. Heber Sirerol
Politólogo
