PAN, SERVICIOS Y El PRÉSTAMO

por Heber Sirerol, Politologo.

La inflación baja, pero la heladera sigue vacía

Hay algo que el Gobierno nacional todavía no logra comprender —o peor aún, no quiere comprender— y es que los números macroeconómicos, por sí solos, no llenan una olla, no pagan una boleta de luz ni devuelven tranquilidad a una familia. Porque se puede anunciar inflación del 2,6%, del 2,8%, del 3,4% o incluso menos, pero cuando el relato oficial choca contra la realidad cotidiana de la gente, la credibilidad se derrumba. Y hoy, en La Rioja, eso ya está pasando.

La sociedad ha empezado a desconectarse del discurso libertario porque los indicadores económicos dejaron de representar lo que ocurre dentro de las casas. La inflación podrá desacelerarse en términos técnicos, pero para miles de familias el problema ya no es cuánto aumentan las cosas, sino directamente no poder comprarlas.

La heladera vacía terminó siendo más poderosa que cualquier gráfico televisivo.

Los últimos sondeos realizados por la consultora Sintonía Fina, tanto en Capital como en el interior provincial de La Rioja, muestran con claridad cuáles son hoy las principales preocupaciones de los riojanos. Y todas tienen un punto en común: la subsistencia.

La primera preocupación es el acceso a los alimentos. La canasta básica dejó de ser una referencia estadística para transformarse en una barrera cotidiana. Comer dejó de ser una cuestión de organización económica y pasó a ser un problema permanente. Cada vez más familias deben elegir qué producto resignar, qué comida reemplazar o directamente qué dejar de consumir.

La segunda gran preocupación es el pago de los servicios. Luz, agua, gas, internet. La gente todavía intenta entender qué significa realmente el congelamiento tarifario anunciado por el Gobierno. Al mencionarlo, muchos lo consideran un paliativo positivo, una pausa necesaria, pero lejos está de representar una solución estructural. Porque el daño ya está hecho. En numerosos hogares, la factura de la energía representa más del 20% de un ingreso familiar. Y cuando un servicio básico ocupa semejante porcentaje del salario, el problema deja de ser económico para convertirse en social.

El tercer aspecto que aparece con fuerza es el endeudamiento.

Y aquí hay un dato alarmante: ya no se toma deuda para crecer, para invertir o para proyectar. Se toma deuda para sobrevivir. Tarjetas de crédito utilizadas para comprar alimentos, préstamos para cubrir gastos corrientes, cuotas para afrontar emergencias mínimas. La rotura de un caño, un desperfecto mecánico, una consulta médica o un electrodoméstico que deja de funcionar se transforman automáticamente en un problema financiero.

La clase media y los sectores populares han perdido completamente la capacidad de ahorro y de respuesta ante cualquier crisis doméstica.

Ese es el verdadero termómetro social de la Argentina actual.

Por eso el Gobierno enfrenta una crisis de credibilidad que no se explica solamente por las denuncias de corrupción que empiezan a erosionar el relato moral libertario. Se explica, sobre todo, porque el sacrificio que se le pidió a la sociedad no encuentra recompensa concreta en la vida cotidiana.

La gente escucha hablar de estabilidad mientras vive inestabilidad.

Escucha hablar de recuperación mientras ajusta cada vez más.

Escucha hablar de futuro mientras no puede resolver el presente.

Y en política hay una verdad elemental: cuando el bolsillo contradice el discurso, el discurso pierde.

La clase media y los sectores populares han perdido completamente la capacidad de ahorro y de respuesta ante cualquier crisis doméstica.

El Gobierno nacional necesita comprender con urgencia que ninguna baja inflacionaria será suficiente si no viene acompañada de una recuperación real del salario y del consumo. Incluso una inflación de cero podría convivir con hambre si los ingresos continúan deteriorados.

La sociedad no está reclamando épica económica. Está reclamando cercanía.

Necesita políticas públicas orientadas a sostener el trabajo, a proteger el ingreso y a garantizar algo tan básico como poder comer y pagar los servicios sin caer en endeudamiento permanente.

Porque mientras desde Buenos Aires se anuncian grandes planes, reformas estructurales y promesas de largo plazo, en las provincias la preocupación es mucho más inmediata: llegar a fin de mes.

Y esa preocupación puede agravarse aún más. Empiezan a llegar señales inquietantes desde el parque industrial, con empresas que ya atraviesan procesos de convocatoria y situaciones financieras delicadas. Si el empleo privado entra en crisis, el impacto no será solamente económico: recaerá social y políticamente sobre los municipios y sobre el gobierno provincial, que deberán contener una demanda creciente en un contexto de recursos cada vez más limitados.

La macroeconomía puede ordenar variables.

Pero la política tiene la obligación de ordenar la vida de la gente.

Y hoy, en La Rioja, la vida cotidiana sigue desordenada.