Milei: ¡Qué alergia le tienen a los datos!

Por Heber Sirerol, politólogo.

Hay algo llamativo en la política Argentina contemporánea: los datos están, son públicos, son contundentes… pero incomodan. Molestan. Interrumpen el relato. Y entonces se los esquiva, se los relativiza o directamente se los tapa con ruido. Ese debate mediático de la caída del relato libertario, no debe tapar lo importante.

Porque mientras la discusión pública se incendia con nombres propios —Manuel Adorni, Karina Milei, Nicolás Posse o las derivaciones del caso Libra y otras denuncias que orbitan al gobierno de Javier Milei— la macroeconomía avanza, golpea y ordena la vida cotidiana de millones sin pedir permiso.

Y ahí es donde aparece la verdadera tensión: entre lo que se dice y lo que se vive.

La inflación, aun con desaceleración en términos técnicos, sigue siendo alta en términos reales. Los datos oficiales del INDEC muestran una baja en la velocidad de los precios, pero no en su peso concreto sobre los ingresos. Dicho de otro modo: sube menos rápido, pero sigue subiendo. Y en un contexto de ingresos planchados o en caída, eso no es alivio, es asfixia más lenta.

La actividad económica, por su parte, muestra signos claros de contracción. Sectores enteros —industria, construcción, comercio— vienen registrando caídas interanuales sostenidas. No es una percepción: es un proceso. Y cuando la actividad cae, el empleo tiembla.

El desempleo todavía no explota, pero se recalienta por abajo. Crecen la informalidad, el cuentapropismo forzado, el rebusque. Y hay otro dato silencioso, pero clave: la morosidad. Cada vez más argentinos se atrasan en el pago de tarjetas de crédito, préstamos personales o servicios. La cadena es clara: menos ingresos reales, más deuda para sostener consumo, más dificultad para pagar esa deuda.

Ese es el cuadro. Frío, duro, incómodo.

Ahora bien, ¿por qué esto no se traduce automáticamente en un desgaste político más acelerado del gobierno?

Primero, porque la política también es emocional. Y segundo, porque la oposición —especialmente el peronismo— todavía no logra transformar estos datos en una narrativa convincente, creíble y movilizadora.

En La Rioja, el último estudio de la consultora Sintonía Fina sobre los datos oficiales del gobierno nacional sobre inflación, es elocuente: más del 60% de los consultados no cree en los datos del gobierno. Pero al mismo tiempo, el 80% afirma que paga más —o mucho más— en áreas sensibles como alimentos, servicios y deudas. Es decir, hay una desconexión entre la credibilidad de los números oficiales y la experiencia cotidiana.

Y sin embargo, esa brecha no está siendo capitalizada políticamente.

Ahí aparece una autocrítica necesaria. El peronismo no puede limitarse a esperar que el deterioro económico desgaste por sí solo a Javier Milei. La historia reciente demuestra que eso no funciona así. El desencanto no siempre se traduce en cambio de opción; muchas veces deriva en apatía, bronca difusa o incluso en la reafirmación del rumbo elegido.

Durante demasiado tiempo, parte del peronismo se refugió en una idea cómoda: que el experimento libertario iba a colapsar rápidamente. Plan A, B y C: que se caiga. Pero la política no es un laboratorio. Y mientras se espera el derrumbe, la sociedad reconfigura sus expectativas, naturaliza el ajuste o, peor aún, pierde referencias.

En ese contexto, los escándalos de corrupción que hoy rodean al gobierno funcionan más como ruido que como punto de quiebre. Sin una estructura narrativa que los conecte con la vida concreta de la gente, quedan encapsulados en la agenda mediática, lejos de la preocupación cotidiana.

Por eso, lo central no es negar esos escándalos, sino entender que no alcanzan.

La clave sigue siendo otra: reconstruir una alternativa que vuelva a poner en el centro los datos… pero traducidos en experiencia. Que logre explicar por qué, aunque la inflación “baje”, la heladera sigue vacía. Por qué, aunque se ordenen algunas variables macro, la vida se desordena.

El peronismo empieza a moverse, es cierto. Se perciben señales de reactivación, de mayor presencia territorial, de intentos de ordenar el discurso. En las fotos que empiezan a aparecer. En los encuentros que hace meses eran impensados. En los llamados entre Axel Kicillof, Sergio Massa y Máximo Kirchner. En la necesidad —ya no discursiva— de volver a armar algo que tenga volumen político real.

En las recorridas de Wado de Pedro y Recalde por el interior, en las reuniones que vuelven a tener agenda y no solo catarsis. En los intentos —todavía frágiles— de ordenar una conducción.

Y en ese escenario, empieza a construirse una imagen nueva: la de un peronismo que, aún sin síntesis, vuelve a estar en movimiento.

La figura de Ricardo Quintela, en ese marco, empieza a aparecer en otro lugar. No como líder de un sector, sino como articulador posible. Como alguien que puede sentar a distintos actores en la misma mesa en un momento donde eso es más importante que cualquier candidatura. Pero el desafío es mucho más profundo: no se trata solo de volver, sino de volver distinto.

Con más capacidad de escucha. Con menos soberbia. Con una narrativa que no niegue los errores del pasado reciente —que son, en gran medida, los que le dieron aire a este presente— y que al mismo tiempo construya futuro.

Porque si algo muestran los datos —esos mismos a los que muchos parecen tenerle alergia— es que el malestar existe, crece y se profundiza. Pero el malestar, por sí solo, no construye mayoría.

Para eso hace falta política. De la buena. De la que no le esquiva a los datos, pero tampoco se queda en ellos. De la que entiende que, en la Argentina de hoy, la batalla no es solo por la verdad, sino por el sentido