La política del sentido: Milei dio la batalla cultural y el peronismo aún busca el terreno

Más allá de la gestión, los aciertos o los fracasos del gobierno, la verdadera disputa hoy pasa por el sentido común. Javier Milei lo entendió. El peronismo y la oposición todavía discuten cómo, con qué herramientas y para qué dar esa batalla.

“La prioridad de Milei no es la economía, es la batalla cultural.” — Daniel Hadad

Antes de entrar en nombres propios o en coyunturas específicas, conviene hacer una aclaración necesaria: este análisis no pretende juzgar si la batalla cultural que impulsa Javier Milei es correcta o equivocada, ni evaluar su gestión, sus logros o sus fracasos como presidente. El foco está puesto en otro plano, muchas veces subestimado por la política tradicional: el cultural. Es decir, el terreno donde se disputan valores, sentidos, ideas y formas de interpretar la realidad.

La llamada “batalla cultural” no es una consigna vacía ni un eslogan importado. Es la disputa por el sentido común de una sociedad, por aquello que se naturaliza, se legitima o se cuestiona. Es decidir qué palabras ordenan el debate público, qué valores se colocan en el centro y qué imaginarios se vuelven dominantes. En ese punto, Milei ha sido explícito y consistente.

Daniel Hadad lo sintetizó con claridad al afirmar que la prioridad del Presidente no es la economía sino la batalla cultural. Esa definición no habla solo de un estilo discursivo, sino de una estrategia política profunda: transformar primero el marco cultural para que luego las decisiones de gobierno resulten comprensibles, tolerables o incluso deseables para una parte significativa de la sociedad.

Milei propone una narrativa clara, confrontativa y sin ambigüedades. La libertad individual como valor supremo, la desconfianza hacia lo colectivo, la crítica al Estado como organizador social y una revisión dura del pasado político argentino. No se trata solo de políticas públicas, sino de una cosmovisión que interpela, ordena y divide.Desde la oposición, y particularmente desde el peronismo, el escenario es distinto y preocupante. No por falta de críticas al gobierno, sino por la ausencia de una batalla cultural propia claramente formulada. ¿Qué valores estamos defendiendo hoy? ¿Qué idea de sociedad proponemos en este tiempo histórico? ¿Con qué lenguaje y con qué herramientas buscamos representar el pensamiento colectivo de una sociedad atravesada por el desencanto, la fragmentación y el individualismo?

El peronismo supo construir una cultura política poderosa. Justicia social, movilidad ascendente, comunidad, trabajo, dignidad. No eran solo consignas: eran sentidos compartidos que organizaban expectativas y proyectos de vida. El problema no es ese legado, sino la dificultad para reinterpretarlo a la luz de las transformaciones culturales, tecnológicas y sociales del siglo XXI.

Mientras Milei disputa el presente con categorías actuales, la oposición muchas veces parece hablarle a una sociedad que ya no existe. No alcanza con resistir ni con enumerar derechos conquistados. La batalla cultural exige adaptación, creatividad, comprensión del nuevo mapa social y voluntad de discutir sentidos incómodos.La diferencia cultural más profunda no está hoy en la economía, sino en la claridad del horizonte simbólico. Milei ofrece un marco, discutible pero nítido. La oposición, en cambio, oscila entre la nostalgia y la reacción.

Y sin un relato propio, toda política queda a la defensiva.Como peronista, esta no es una crítica desde la negación, sino desde la preocupación. Dar la batalla cultural no implica copiar al adversario ni renunciar a los principios históricos. Implica repensarlos, actualizarlos y expresarlos con las herramientas del presente. Implica volver a representar un pensar colectivo que hoy está disperso, confundido o capturado por discursos ajenos.

La pregunta no es solo si Milei está ganando la batalla cultural. La pregunta más incómoda es otra: ¿está el peronismo dispuesto a darla en serio, con ideas, lenguajes y estrategias acordes a este tiempo? Porque sin esa discusión, cualquier disputa electoral o de gestión será siempre secundaria. En política, cuando se pierde el sentido, todo lo demás llega tarde.

Heber Sirerol

Politólogo

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