Por Heber Sirerol, politólogo
Argentina y parte de Latinoamérica parece haber ingresado en una nueva etapa política: la era de los gobiernos breves. No porque duren menos en términos institucionales, sino porque envejecen antes de tiempo. Llegan con expectativas enormes, capital político fresco y promesas refundacionales, pero en pocos meses comienzan a desgastarse, a perder confianza social y a transitar una pendiente descendente que los deja debilitados mucho antes del final de mandato.

Desde 2015 hasta hoy, tres experiencias presidenciales muy distintas entre sí confirman este fenómeno. Cambian los estilos, cambian los discursos, cambian las identidades partidarias. Lo que no cambia es la velocidad con la que se erosiona el poder.
Macri: la promesa de la normalidad
Mauricio Macri llegó como la novedad, aunque era un viejo conocido, Representaba la alternancia después de más de una década de kirchnerismo y prometía algo simple pero potente: normalidad. Gestión, previsibilidad, inserción en el mundo, fin de la grieta y sobretodo no retroceder en las conquistas de derechos y política ya conseguidas.
Su gobierno arrancó con una fuerte expectativa de sectores medios, el campo y urbanos. Pero la promesa chocó rápidamente con la realidad económica. Inflación persistente, endeudamiento, tarifazos y recesión fueron deteriorando la esperanza inicial. Lo que se presentó como el gobierno de la eficiencia terminó atrapado en la fragilidad económica.
Macri completó su mandato, pero políticamente quedó herido mucho antes. La derrota de 2019 fue, en gran parte, la consecuencia de un desgaste prematuro.
Alberto: el poder sin mando
Alberto Fernández asumió con una doble legitimidad: el voto popular y el respaldo de Cristina Fernández de Kirchner. Parecía reunir moderación y unidad en una etapa de crisis, lo que necesitaba para ganar en primera vuelta.
La pandemia le otorgó inicialmente centralidad y altos niveles de apoyo. Durante un breve tiempo, la sociedad buscó conducción y encontró en la figura presidencial una referencia. Sin embargo, esa fortaleza duró poco.
Las internas permanentes, la falta de rumbo económico, la “foto de la fiesta de olivos” y la sensación de desorden fueron vaciando la autoridad presidencial. Alberto no solo perdió apoyo: perdió capacidad de mando. Mucho antes de terminar su mandato, su figura ya aparecía desdibujada y sin gravitación real. Massa como ministro de economía, desencadenó un doble comando que no pudo sostener la política y la inflación.
Milei: la velocidad como método
Javier Milei irrumpió e inauguró una nueva forma de hacer política, como un fenómeno de ruptura y disrupción total. Canalizó bronca, hartazgo y rechazo a la política tradicional. No prometió administrar el sistema: prometió dinamitarlo. Su discurso de dolarizacion y fin de los privilegios de la casta.
Su llegada expresó algo nuevo: una parte importante de la sociedad dejó de premiar experiencia o moderación para apostar por la intensidad. Milei leyó el clima de época y convirtió la furia social en herramienta electoral.
Pero también enfrenta el mismo riesgo que sus antecesores: la aceleración. Gobernar al ritmo de la confrontación permanente puede generar impacto inmediato, aunque también desgaste temprano. La intensidad que construye liderazgo puede transformarse, con el tiempo, en fatiga social.
Y hoy aparecen señales que empiezan a sembrar dudas sobre un eventual segundo mandato. Aparecieron ya las primeras encuestas muestran un dato sensible para cualquier oficialismo: la imagen negativa comienza a superar a la positiva. Incluso dentro de su núcleo duro de votantes ya se registran cambios de percepción respecto del rumbo general del gobierno, especialmente en materia económica.
Porque el fenómeno económico ya no golpea solamente a los sectores históricamente vulnerables. Está atravesando de lleno a la clase media argentina (o al menos lo que antes se consideraba eso) que es la que en gran parte sostiene el ajuste. Se observa un proceso silencioso pero masivo: profesionales subocupados, familias buscando ingresos extras, como se puede ver en las ventas por estados de WhatsApp o redes sociales de comida casera, productos gastronómicos, pequeños electrodomésticos, artículos de bazar, ropa blanca o bienes usados.
Lo que durante años se pensó como una estrategia de supervivencia exclusiva de los sectores de menores ingresos hoy alcanza también a quienes estaban mejor posicionados económicamente. Muchos deben trabajar más para sostener su nivel de vida; otros se ven obligados a vender propiedades, vehículos o patrimonio acumulado. La subocupación dejó de ser marginal: se volvió transversal.
Una democracia impaciente
No obstante, este problema excede a los presidentes. En la región se puede ver el caso de Brasil y Chile, que tampoco pudieron reelegirse, solo para citar un caso. Hay una ciudadanía más impaciente, más exigente y menos tolerante a la frustración. Hoy las redes sociales que amplifican errores en tiempo real. Hay crisis económicas recurrentes que licúan cualquier luna de miel. Y hay fuerzas políticas opositoras que ya no esperan elecciones: erosionan desde el primer día. La política en sí.
Todo ocurre más rápido. El apoyo llega rápido, la decepción también. La ansiedad de resultados concretos, no solo a las promesas de cumplimiento de lo expresado en campaña, se le suman las expectativas personales.
El desafío de gobernar hoy
Gobernar en Argentina ya no consiste solo en ganar elecciones o administrar recursos. Consiste en sostener legitimidad en una sociedad cansada, fragmentada y emocionalmente volátil, producto de las decepciones políticas de los últimos años.
Y allí aparece la gran paradoja del presente: en el caso de Javier Milei, se prometió cobrar en dólares, terminar con la casta y cerrar para siempre una etapa de privilegios. Sin embargo, el gobierno empieza a quedar rodeado por escándalos permanentes, denuncias de corrupción y contradicciones que erosionan aquella narrativa original.
Cuando el discurso que se busca instalar choca con la heladera, la política entra en zona de riesgo.
La era de los gobiernos breves no habla solamente de los presidentes. Habla, sobre todo, de una Argentina que cambió. Lo deficil es saber sin ser subjetivo, si fue para bien o mal, pero lo que esta claro es que las cosas son más breves y las angustias más largas.
Y en la era del “León”, del burro ya no solo se espera una patada: ahora también un asado de tira. Tema para otra columna.