El show de la rendición : cuando el Gobierno convierte el Congreso en una cancha

por Heber Sirerol, Politólogo.

El próximo miércoles, el vocero y jefe de gabinete presidencial Manuel Adorni cruzará las puertas del Congreso no solo para cumplir con una obligación institucional, sino para protagonizar una escena cuidadosamente guionada. La ley es clara: cada año, el jefe de Gabinete debe rendir cuentas ante el Parlamento. Lo que no dice la norma es que esa rendición pueda convertirse en espectáculo.

Y, sin embargo, eso es exactamente lo que el gobierno de Javier Milei parece estar construyendo.

No van a presentar un informe. Van a montar un partido para la tribuna pública.

Uno donde la lógica no es responder, sino resistir. Donde no se busca explicar, sino disputar sentido. Donde el objetivo no es el Congreso, sino la opinión pública.

La escenografía ya está definida: el “equipo titular” en cancha, con Milei y Karina Milei ocupando el rol ofensivo desde lo simbólico; una tribuna militante dispuesta a aplaudir cada intervención propia y abuchear cada pregunta incómoda; y, en los palcos, los sectores del poder real y técnico —como Luis Caputo o Federico Sturzenegger— observando con la distancia de quienes siempre tienen plan B u se acomodan siempre que pueden.

No es casual. Es estrategia.

El oficialismo necesita transformar una instancia institucionalmente incómoda en un evento emocionalmente favorable. ¿Cómo se hace eso? Redefiniendo el terreno de juego.

Primero, construyendo un clima de confrontación previa. Anticipar que la oposición no dejará hablar. hay, según trascendidos mas de 4000 preguntas, que habrá agresiones, que el debate será caótico. Así, cualquier interrupción real o sobreactuada valida el relato.

Segundo, victimización. El Gobierno no irá a dar explicaciones: irá a “defenderse”. Y en ese movimiento, invierte los roles. El que debe rendir cuentas se presenta como atacado.

Tercero, comparación permanente. El pasado como refugio discursivo. El kirchnerismo como medida de todo. No importa la pregunta: la respuesta siempre puede retroceder una década.

Y cuarto —quizás lo más importante—, la banalización del contenido. Si todo se convierte en show, nada se evalúa en profundidad. La forma tapa al fondo.

Porque el verdadero problema para el Gobierno no está en el Congreso. Está en la calle.

Está en esa distancia creciente entre el relato épico del ajuste y la experiencia cotidiana de una sociedad que no llega. Está en lo que todavía no terminan de registrar del todo las encuestas, pero que ya se percibe en el humor social: el desgaste.

Por eso necesitan ruido. Por eso necesitan pelea. Por eso necesitan un partido violento que no deje nada claro y donde la construcción de esa verdad posterior, busque refugiase en la batalla mediática, espacio que cada día le damas la espalda al gobierno nacional.

Porque cuando la política se convierte en espectáculo, la rendición de cuentas deja de ser control para convertirse en narrativa. Y en esa narrativa, el Gobierno no busca explicar lo que hace: busca que no se hable de lo que pasa.

La oposición enfrenta, una vez más, el desafío de no caer en la trampa de la sobreactuación. Si el oficialismo —o sus figuras más expuestas— apuesta a tensar el clima para forzar errores no forzados, la respuesta inteligente no puede ser regalarle el argumento perfecto. Ya ocurrió antes: salidas abruptas, gestos altisonantes y una épica vacía que termina diluyendo el fondo del debate. En un contexto de alta sensibilidad social, lo que se espera no es un acting de indignación, sino templanza política. Permanecer, escuchar, incomodar con preguntas concretas y sostener el debate en términos institucionales es, paradójicamente, la forma más eficaz de desarmar cualquier intento de victimización.

Al mismo tiempo, es clave no desviar el eje. Cuando la discusión ingresa en terrenos que rozan lo judicial, la oposición debe evitar convertirse en tribunal paralelo o en comentarista de causas que no le competen. El foco tiene que estar puesto en la cosa pública: en las decisiones, en la gestión, en las consecuencias concretas para la ciudadanía. Mostrar vocación de control, pero también responsabilidad institucional. No todo vale en la disputa política, y mucho menos en escenarios donde lo que está en juego es la credibilidad del sistema. Si la oposición logra sostener ese equilibrio —firmeza sin estridencias, crítica sin desborde— no solo evitará caer en provocaciones, sino que además empezará a reconstruir algo más profundo: la confianza de una sociedad cansada de ver cómo la política se mira a sí misma y se olvida de lo importan

El miércoles no se juega solo una sesión. Se juega algo más profundo: la capacidad de un gobierno de sostener su legitimidad no en lo que muestra, sino en lo que logra ocultar.