Opinión: Por Heber Sirerol, Politólogo.
El cincuentenario del asesinato de Monseñor Enrique Angelelli trascendió ampliamente el plano religioso. La Rioja fue, durante un fin de semana, el epicentro político del peronismo argentino. Gobernadores, legisladores, dirigentes nacionales y referentes partidarios confluyeron en una provincia que, por algunas horas, recuperó una centralidad que hace tiempo no ocupaba dentro del mapa político nacional.

Nada de eso fue casual.
Ricardo Quintela viene trabajando desde hace meses sobre una idea que considera indispensable: sin unidad, el peronismo tendrá pocas posibilidades de competir con Javier Milei en las elecciones del próximo año. Más allá de las diferencias internas, el gobernador riojano intenta construir puentes entre sectores que durante los últimos años protagonizaron algunas de las disputas más profundas del movimiento.
En ese sentido, el encuentro realizado en La Rioja puede considerarse un éxito político. La presencia de Máximo Kirchner y de dirigentes de distintos puntos del país confirmó que la provincia volvió a ocupar un lugar de relevancia dentro de la discusión nacional del Partido Justicialista.

La consigna que atravesó buena parte de la jornada fue clara: “Cristina Libre”. Un mensaje que expresa el rechazo a la situación judicial de la expresidenta, pero que también funcionó como un denominador común para reunir a sectores que, hasta hace poco, parecían más concentrados en sus diferencias que en sus coincidencias.
Sin embargo, sería un error interpretar esa fotografía como un alineamiento automático de todo el peronismo con el kirchnerismo.
Lo ocurrido en La Rioja responde más a una lógica de construcción política que de subordinación ideológica. El objetivo inmediato parece ser consolidar una oposición capaz de enfrentar al gobierno de Javier Milei, dejando para una etapa posterior la discusión sobre liderazgos y candidaturas.


Pero toda fotografía también se explica por quienes no aparecen en ella.
La ausencia de Sergio Massa podía resultar previsible por el perfil que eligió mantener durante los últimos meses. Distinto fue el caso de Axel Kicillof.
El gobernador bonaerense ha sido señalado en más de una oportunidad por Ricardo Quintela como una de las figuras con mayor potencial para encabezar una propuesta presidencial del peronismo. Precisamente por eso, su ausencia adquiere una dimensión política diferente.
Cuando un dirigente aspira a conducir un espacio nacional, los gestos también construyen liderazgo. Y faltar a un encuentro que reunió a buena parte del peronismo argentino difícilmente pase inadvertido.
En el entorno del gobernador riojano la lectura fue clara: se perdió una oportunidad para fortalecer la construcción colectiva. Para quien pretende gobernar la Argentina, recorrer el país y acompañar los espacios de unidad no es un detalle de agenda; forma parte de la construcción política.
Pero esa misma ausencia también deja otra consecuencia.
Paradójicamente, el “desplante” a Ricardo Quintela termina ampliando el margen de autonomía del peronismo riojano. Sin un liderazgo nacional plenamente consolidado detrás del cual alinearse, Quintela conserva mayor libertad para continuar desempeñando el rol que viene construyendo: el de articulador de la unidad antes que el de promotor exclusivo de una candidatura presidencial. En política, los vacíos de conducción también generan espacios de poder.

Ahora bien, el verdadero interrogante comienza una vez terminados los discursos.
Habrá que evaluar cuál es el impacto que este acercamiento al kirchnerismo produce en la sociedad riojana. Porque una cosa es la unidad de la dirigencia y otra muy distinta es la percepción del electorado.
Durante años, el kirchnerismo despertó en La Rioja adhesiones importantes, pero también resistencias significativas. El peronismo provincial supo construir una identidad propia, con fuerte impronta federal y territorial, que muchas veces convivió con el kirchnerismo sin confundirse plenamente con él.
Es cierto que la imagen de Cristina Fernández de Kirchner muestra hoy una recuperación respecto de años anteriores. Pero esa mejora parece explicarse, en buena medida, por el desgaste del gobierno de Javier Milei. La caída de la imagen presidencial, las dificultades económicas y el creciente malestar social reconfiguran el escenario político y permiten que figuras de la oposición recuperen centralidad.
Sin embargo, eso no implica automáticamente que la sociedad haya vuelto a abrazar al kirchnerismo.
Y allí aparece el desafío más complejo para Quintela y para el conjunto del peronismo.
La unidad es una condición necesaria, pero no suficiente. La foto de La Rioja demuestra que es posible sentar en una misma mesa a dirigentes que hace poco parecían distantes. Lo que todavía resta saber es si esa unidad política será capaz de convertirse en una mayoría social.
Porque los ciudadanos no votan fotografías; votan expectativas de futuro.
La gran incógnita no es si el peronismo logrará mantenerse unido. La verdadera pregunta es si esa unidad podrá ofrecer una propuesta renovada, con nuevos acuerdos, nuevas respuestas y una agenda capaz de interpretar las preocupaciones de una sociedad muy distinta a la de hace una década.
Ricardo Quintela consiguió algo que pocos dirigentes habían logrado en los últimos tiempos: colocar a La Rioja en el centro de la escena política nacional y convertirse en uno de los principales articuladores del peronismo. No es un dato menor.
Pero la política siempre exige un paso más.
Reunir dirigentes es un mérito. Mantenerlos unidos será un desafío. Convencer a la sociedad será, definitivamente, la prueba de fuego.
Y esa respuesta no la dará la dirigencia, ni la foto, ni las consignas.
La dará, como siempre, la gente.
Porque, al final del camino, la pregunta sigue abierta:
¿Con Cristina libre alcanza?